Durante el año 2021, pude ser testigo de lo que se conoció como el estallido social, un movimiento nacional que salió a las calles para manifestar su inconformidad ante la reforma tributaria anunciada por el gobierno del entonces presidente Iván Duque. El 28 de abril de ese año, en horas de la noche, miles de personas, desde sus hogares, a través de balcones, ventanas y calles, hicieron de sus cacerolas, utensilios de cocina, un instrumento sonoro con el que manifestaron su inconformidad. Este objeto del ámbito doméstico se hacía público, propagando un sonido que retumbó por toda la ciudad y, por qué no, por el país.
Ese gesto me impactó profundamente y me invitó a pensar en la dimensión sonora de los objetos cotidianos. Esta idea me rondó durante mucho tiempo, pero no fue hasta el año 2024 que hice parte del laboratorio: secretos y espectros patrimoniales de la localidad de Santa Fe coordinado por la fundación Waja que pude indagar en esta inquietud, fue durante esta participación que pude explorar la dimensión performativa que comprende hacer de un objeto casero un posible dispositivo sonoro, esto me llevó a realizar una serie de ensamblajes de objetos diversos, bajo dos premisas, uno que el dispositivo se diera por la reunión de objetos cotidianos, procedentes principalmente del lugar de residencia y una segunda premisa, era que el objeto resultante del ensamblaje necesitará de un cuerpo que lo accionara para detonar su capacidad sonora.
Este año, en el 2026, hurgando entre los modelos abandonados del taller de mi padre, me encontré con algunos de los ornamentos que él realizaba en aluminio, la forma sintética de lo que parecen ser los cuernos de un venado. Durante mi adolescencia le ayudé a fabricar muchos de estos ornamentos, que hacían parte de unos venados vaciados en concreto, que por lo general, se utilizaban para decorar las zonas verdes de las fincas o de los condominios. Este encuentro me invitó no se porque motivo a retomar estos objetos sonoros que había realizado años a tras, y terminé agrupando bajo la categoría de cascabeles, pues reconozco en ellos una potencia que me permite transitar por diferentes rutas de sentido: desde el sonajero de un bebé, pasando por el cascabel de una serpiente, los antiquísimos sonajeros andinos elaborados con pezuñas de animales, hasta el sonido universal de las semillas que al interior de una maracas nos invitan a danzar o al transe.
Mi práctica artística se vale de la especulación para realizar una serie de conexiones en apariencia arbitrarias que me permiten establecer redes complejas de sentido que habilitan diferentes archivos en la construcción de nuevas relaciones, es de esta manera que relaciono estos ensamblajes con el antiguo relato del periodo de la colonia del venado de oro el cual fue difundido por los españoles, pues motivados por su codicia recorrieron los cerros orientales de Bogotá en busca de un supuesto venado de oro de tamaño natural que los indígenas muiscas ocultaron al interior de una cueva en el cerro de Guadalupe, pues creían que este animal que era simbolo para este pueblo indígena de abundancia y proteccion de las fuentes de agua, debe estar oculto en algún lugar de la montaña.












